Tenía siete años y le horrorizaban los cementerios por las referencias oídas. Para ella eran sitios lúgubres, almacenes de pudrición, de ausencia y de frío. Luchaba contra las imágenes que acudían a su cabeza para torturarla. Había escuchado comentar a los mayores y no comprendía ese silencio eterno, esa oscuridad, ese no existir...
Una sóla vez visitó un cementerio acompañando a sus padres y acompañada, a su vez, por tres amigas de su misma edad. Antes de cruzar la puerta de entrada, aspiró una gran bocanada de aire para evitar respirar el polvo de los muertos.. Pensó que con esa reserva iba a tener suficiente para aguantar toda la visita. Apretó fuertemente los labios e hinchó los mofletes. Creyó asfixarse, pero no estaba dispuesta a contaminarse de muerte. Tampoco tragaba saliva y ésta, se le acumulaba en la boca hasta atragantarla. Comenzó a ponerse roja, roja , roja y su madre, al percatarse de ello, le gritó zarandeándola por la muñeca, "¿Qué haces...?", la muñeca zarandeó al brazo, el brazo a todo el cuerpo y la cabeza bailó sobre los hombros. En ese momento desinfló el aire retenido, escupió la saliva y miró de reojos a su madre. Como no la miraba, volvió a comenzar el proceso: retención de aire, enrojecer, zarandeo materno, escupir otra vez y así todo el tiempo, y la madre, riñe que te riñe: "¡Esta niña está tonta...!"
La niña y sus amigas se escaparon un momento de la tutela adulta y recorrieron el lugar haciendo prácicas de incipiente lectura. Aún en su inconsciencia, les tranquilizaba constatar que aquello les era ajeno. esos muertos tan viejos estaban a años luz de sus recién estrenadas vidas. Si el muerto era un infante, ahí cambiaba la cosa, hacían su duelo particular rezando un padrenuestro apresurado, alguna lagrimita y una carreraatropelladacomosilaspersiguieraeldiablo.
Descubrieron el osario, situado en un rincón del recinto. Amontonados y desarticulados, cráneos, fémures, costillas, dientes y otras "menundencias" se exponían abiertamente a la curiosidad infantil. El ser humano a merced de la intemperie compartía destino y catgoría con jirones de ropa y tablas podridas. El pánico se apoderó de las niñas ante la imagen de personas descarnadas, sin cobijo, sin pensamiento, sin voz y sin alegría.
Al llegar a casa, se duchó ansiosamente intentando arrastrar con el agua tibia, la frialdad de la muerte y la angustia de sus pensamientos.
Esa visión le costó varios meses de insomnio, y la impresión de su boca sellada, sus pies fríos y el musgo verdoso y húmedo apoderándose de sus sienes fue una constante en sus pesadillas.
La niña ya es mujer y le tiene advertido a sus familiares, pero BIEN CLARITO: ¡Un recalentón, y a volar!

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